Aprender a emprender

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Hace unos días, se publicó el libro de Felipe González, En busca de respuestas.

El libro es recomendable, no sólo por el análisis político que ofrece, sino sobre todo por sus reflexiones a propósito de cómo, en el siglo XXI, debemos afrontar algunos aspectos de nuestra vida y, en particular, el trabajo. Entre las numerosas observaciones que contiene, hay dos que me han llamado poderosamente la atención.

Por un lado, la alusión a que en España es bastante más fácil que un padre ayude a su hijo en la compra del piso a que le preste dinero para un proyecto empresarial. De hecho, como señala González, cabe imaginar que si un hijo le pide al padre ayuda para un negocio, la respuesta sea: “Hijo, cómprate el pisito y búscate un trabajo estable antes de meterte en líos”.

Por otro lado, resulta también sorprendente que las escuelas de negocio en nuestro país, que están entre las mejores en los ranking mundiales, produzcan muchos más ejecutivos, que encuentran trabajo en cualquier de las grandes empresas, que emprendedores.

¿Qué ocurre en España? ¿A qué se debe esta alergia hacia el emprendimiento, que sólo la crisis está mitigando, más por obligación que por convicción? La respuesta de Felipe González es que aquí no hay cultura del riesgo, ni por parte del capital, ni del Estado, ni del individuo.

Nadie quiere arriesgar.

Esta es, sin duda, una de las respuestas a esta pregunta. También lo es el marco institucional en el que se emprende en España: ni la visita al notario para constituir la sociedad, ni los 3.000 euros que se debe depositar en el banco, ni el desfase entre los gastos presentes y los cobros (que son a 90 días), ni la cultura del enchufismo que hace casi imposible entrar en contacto con una empresa sin conocer a nadie que trabaje en ella, por solo citar algunos de los obstáculos con los que se encuentra el emprendedor, ayudan lo más mínimo.

Sobrevivirán los que tengan más empeño, pero también, aunque nunca se diga, los que, por su origen social, estén en mejores condiciones para afrontar la aventura empresarial. La desigualdad de origen, por desgracia, también está presente entre los emprendedores (y de esto también debería hablar la socialdemocracia).

Además de la cultura del riesgo y del entorno institucional, hay un tercer factor que incide, creo yo, en la alergia que muchos tienen hacia el emprendimiento. En España, tendemos a no establecer vínculos nítidos entre las habilidades de cada uno y su proyecto laboral. Por lo general, ni se ayuda a los niños y jóvenes a descubrir sus talentos, que no siempre son obvios, ni se contribuye a potenciarlos, ni se transmite con claridad que de las habilidades personales se construyen profesiones: que cada uno de nosotros destaca en algo y de que lo que se trata es de entrenar ese talento hasta convertirlo en un modo de vida. 

En España, el planteamiento tiende a ser el opuesto. En algún momento, al niño se le deja de preguntar qué quieres ser de mayor para plantearlequé quiere el mercado laboral que seasSe tiende a educar a los jóvenes para que en el futuro encuentren un buen trabajo, orientándolos hacia carreras universitarias con salidas (que suelen ser economía o empresariales, derecho o ingeniería).

En los colegios, se apuesta por el uso de las nuevas tecnologías, olvidando, además, que los niños de hoy en día son casi todos nativos digitales, que no necesitan más horas de ordenador, sino recuperar el lápiz, el papel y el olor de los libros. Se tiende cada vez más a minusvalorar las letras y las artes, salvo en lo que respecta a la necesidad de escribir sin faltas de ortografía, que todos consideramos básico, o tener un cierto barniz cultural.

El estudio de la música, el teatro, la literatura, la poesía o la filosofía quedan relegadas a un segundo plano, considerándolas disciplinas propias de una educación antigua, que no ‘sirven’ para el mundo actual, en el que la formación debe centrarse sobre todo en hacernos competitivos.

En mi opinión, este enfoque tan extendido, según el cual debemos adaptar la formación de los niños y jóvenes al mercado laboral, cohibiendo el desarrollo de las habilidades de cada uno, es erróneo. Ante todo, porque que no tiene en cuenta las transformaciones que se producen a lo largo de los años en el mercado de trabajo. Por ejemplo, a nuestros padres les educaron en francés para un mundo en el que se iba a hablar sobre todo inglés; a mi generación nos educaron en inglés para un mundo en el que se destaca si se sabe chino; y algunos padres de hoy hacen estudiar chino a sus hijos cuando quizás lo que se necesite dentro de veinte años sea sobre todo saber árabe o, quien sabe, portugués.

Obviamente, esto es una metáfora: los idiomas, cuantos más, mejor. Pero tiene poco sentido orientar a los jóvenes hacia una formación determinada en un mundo impredecible, en el que no se sabe bien si tal o cual carrera será o no la más demandada. 

Por otro lado, creo que nadie debería renunciar a dedicar sus horas de trabajo, que es un tercio de nuestra vida, a una actividad que de verdad le apasione. Las pasiones se educan pero no se fuerzan: me cuesta trabajo creer que en España haya tantos jóvenes que se inclinen de forma natural por la economía, la ingeniería o el derecho. Sin duda los hay, y seguramente sean ellos los que desempeñen su trabajo con más entrega, pero otros estarán ejerciendo actividades con las que no se identifican, ni mínimamente.

Además, en una sociedad competitiva, como la que aspiramos a ser, las letras y las artes, apasionantes en sí mismas, tienen, en realidad, el mejor de los encajes. Estas disciplinas desarrollan cualidades enormemente relevantes: el teatro ayuda a hablar en público sin pudor, a modular la voz y a controlar los movimientos de nuestro cuerpo; la literatura genera sobre todo empatía, capacidad para entender al otro, que como bien se destaca en el libro mencionado, es la condición imprescindible del liderazgo; y la música, además, de ser la única materia capaz de desarrollar algunas zonas del cerebro que muchos tenemos dormidas, entrena en disciplina. Por tanto, si de verdad queremos educar para competir, en el ámbito que sea, deberíamos plantearnos si no es mejor invertir más tiempo y esfuerzo en materias que incentiven el desarrollo de la empatía o la tenacidad que en el estudio de la economía o la tecnología. 

En nuestro país, necesitamos sobre todo aprender a emprender.Emprender es, en gran medida, convertir las habilidades de cada uno en profesiones. Dejemos, primero, que esas habilidades florezcan en los niños, y ayudémosles, después, a entrenarlas y a que forjen cualidades personales imprescindibles en la actividad emprendedora. Estas cualidades no están en los libros de las carreras más demandadas.

Están, en mucha mayor medida, en esas disciplinas tan antiguas que algunos dicen que ya no sirven para nada.

Fuente: Belen Barreiro. infolibre.es

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